Monseñor Romero: “Si hoy no cambiamos, no habrá cuándo”

Monseñor Romero: “Si hoy no cambiamos, no habrá cuándo”

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“El ángel del Señor anunció en la víspera… El corazón de El Salvador marcaba 24 de marzo y de agonía. Tú ofrecías el Pan, el Cuerpo Vivo-el triturado cuerpo de tu Pueblo; ¡Su derramada Sangre victoriosa ¡La sangre campesina de tu Pueblo en masacre que ha de teñir en vinos de alegría la aurora conjurada!” Del poema de Don Pedro Casaldáliga.

En estos días que son densos celebramos la memoria martirial y evangélicamente subversiva de Monseñor Romero. Multitudes centroamericanas y mundiales, subyugadas por su cercanía y presencia consoladora, lo han elevado a los altares.

La Iglesia lo ha debido ratificar canónicamente. La memoria de Monseñor Romero es sencilla y tierna, le sobran y resbalan los títulos al que se aferran clérigos litúrgicamente devotos pero cerrados al paso liberador de Dios en la historia. Es canónicamente Beato y Santo, y es muy bonito.

Pero basta nombrarlo e invocarlo sencillamente como Monseñor Romero para estremecer conciencias y despertar sospechas en religiosos bien situados, despertar y provocar alegrías y esperanzas en los pobres, y para que millones se sientan convocados a apropiarse de su ejemplo y proseguir su causa liberadora. Hoy invocamos a Monseñor Romero, sencillamente como él fue, y al invocarlo emerge en este día para bañar con toda su santidad a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que necesitamos de su Espíritu para seguir creyendo y seguir creciendo como pueblo en libertad.

La madre Lucita, una de las testigos presenciales del asesinato del pastor, dice así sobre Monseñor Romero: “Yo creo que Monseñor Romero ha trascendido tanto por su sencillez. A él no le gustaba que se ocuparan de su persona ni que hablaran de él ni que lo elogiaran ni nada de eso. Está ocurriendo lo que a él no le gustaba, que se está dando a conocer por todo el mundo”. Y siendo como él era, por su humildad no le hubiera gustado; pero nadie imaginábamos la trascendencia que iba a tener su muerte. Así son las cosas, Dios se encarga de ensalzar a los humildes”.

No es solo madre Lucita. Quienes lo conocieron bien creen que a él no le haría gracia alguna que lo llamaran San Romero de América…Vamos a compartir un breve relato del encuentro de Monseñor Romero con el cadáver de su amigo el padre jesuita Rutilio Grande:

“Si hoy no cambiamos, no habrá cuándo”

Es sábado, casi domingo, pero el parque central de Aguilares es un hervidero. Parece que todos quieren ver de cerca los tres cadáveres que yacen en un pasillo del convento, cerca de la iglesia El Señor de las Misericordias, Los ametrallaron poco antes de las cinco de la tarde, cuando se dirigían en un Volkswagen Safari blanco hacia El Paisnal, un pequeño pueblo a no más de diez minutos en carro de aquí. Nelson Lemus era un acólito de apenas 16 años al que le gustaba repicar las campanas y del que se dice que sufría ataques de epilepsia: tiene cinco balazos. Don Manuel Solórzano, el mayor de los tres con sus 72 años, era uno de los más activos colaboradores de la parroquia; presenta 10 perforaciones. El tercer cuerpo, de un hombre fornido de 48 años de edad, es el párroco, y los 18 orificios de bala son la prueba de que se ensañaron con él. Se llamaba Rutilio Grande, el padre Rutilio Grande.

Entre la multitud está la hermana Evita, una carmelita de San José. Ha llegado desde Guazapa pasadas las ocho, en bus, junto al padre José Luis Ortega, jesuita, como jesuita también era el padre Grande. Es tanto el gentío que les ha costado acercarse hasta el convento y más aún acceder al pasillo donde están los cuerpos.

A los tres los tienen sobre unas mesas y semi envueltos nomás con sábanas blancas, para que todos los vecinos de Aguilares, de sus cantones y de los cantones de los pueblos vecinos vean qué les han hecho. Una de las balas atravesó el cráneo del padre Grande y, aunque han transcurrido casi siete horas, todavía sangra. A la hermana Evita le parece demasiado, pide una toalla al padre Salvador Carranza, otro de los jesuitas presentes, y comienza a pasársela por la cabeza. En ese momento el silencio se torna más silencioso. Entran dos obispos. Uno es Monseñor Romero y aparece vestido de riguroso negro. El sacerdote que está acribillado sobre la mesa es su amigo. Se acerca ensimismado, desconcertado, y de inmediato reconoce a la mujer que limpia el rostro con delicadeza, como si limpiara la estatua de un santo.

-Si hoy no cambiamos, no habrá cuándo, ¿verdad, hermana? – le dice Monseñor Romero.

La noche recién comienza. Ocurrió el 12 de marzo de 1977.

Monseñor Romero fue en su vida un hombre fiel a Dios, fiel a la Iglesia, fiel a la verdad y fiel a su pueblo. Sus tres últimos años no se pueden entender sin estas fidelidades de su vida entera. La realidad de violencia salvadoreña y la cercanía a la sangre de los asesinados injustamente, su frustración ante la búsqueda de justicia y de verdad, le dieron a Monseñor Romero la clave para su misión de pastor en las circunstancias dramáticas en las que vivió la última etapa de su vida como Arzobispo de San Salvador.

Su vida y su martirio han despertado la devoción y la fe de miles de personas del mundo entero. Su palabra sigue siendo una luz que ilumina la realidad y un aguijón que toca directo el corazón de la injusticia y de los opresores. Monseñor Romero vino a dar vida a una Iglesia, y ha trazado con nitidez un camino para que la Iglesia entera sea hoy fiel a Jesucristo. Por ello, en una sociedad en que se aplastan los derechos y la vida de los pobres, se eleva con mayor fuerza lo que para el pueblo de Dios es el gran clamor de nuestros tiempos: queremos pastores como Monseñor Romero.

Así le recitó Don Pedro Casalgáliga, en el homenaje más grandioso que hemos conocido:

“El ángel del Señor anunció en la víspera, y el Verbo se hizo muerte, otra vez, en tu muerte; ¡cómo se hace muerte, cada día, en la carne desnuda de tu Pueblo! ¡Y se hizo vida nueva en nuestra vieja Iglesia! Estamos otra vez en pie de testimonio, ¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro! Romero de la paz casi imposible en esta tierra en guerra. Romero en flor morada de la esperanza incólume de todo el Continente.

San Romero de América, pastor y mártir nuestro: ¡nadie hará callar tu última homilía!”

Fuente: Radio Progreso, Honduras. https://wp.radioprogresohn.net/sencillamente-monsenor/

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